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Bitácora personal de delirios en multimedios. © Todos los derechos reservados.

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Aquella noche pude haberme comido una bala de pastel de cumpleaños.

Mire en su cabeza la ampliación de una casa a medio levantar, ladrillos a la vista, pisos en bruto, piedras y arena cubriendo todo, sacos de cemento tirados, materiales de construcción… de noche, sin ningún tipo de iluminación. Así era el lugar que la noche del domingo 26 de noviembre de 2017 era testigo de como dos delincuentes me ataron de pies, piernas, maniataron por la espalda, amordazaron, apretaron con una enorme caja de herramientas de casi un metro de alto contra un muro, mientras me inmovilizaban boca abajo contra el suelo. Sobre mí además pesaban sacos de cemento, palos, tejas y varios materiales de construcción. Si tenía la osadía de moverme podría llegarme un disparo o acentuar la violencia; Esto ocurrió en mi propia casa, en Santa Cruz, el día de mi cumpleaños.

Soy periodista, editor de un medio de comunicación local llamado “Al Día 24”, por lo tanto, muchas veces –y no solo aquí en Santa Cruz, sino que a lo largo de mi carrera en Santiago– me ha tocado estar del otro lado de los hechos, pero nunca ser el protagonista de una situación policial como la que contaré ahora, menos lo esperé vivir aquí en Santa Cruz, mi pueblo. Lo que leerán en estos párrafos no es más que mi crónica personal de la violencia e intimidación que se vive en esta pequeña ciudad, hechos que mucha gente no da a conocer y que he considerado importante contar –lo que a mí me ha pasado–, para que simplemente sepamos el lugar donde los santacruzanos estamos parados.

Todo comenzó el domingo a eso de las 22:45 horas, era mi cumpleaños número 36, no lo celebré, pero sí pasé a la casa de mi amigo y socio Julio Fernández, director de “Al Día 24”, con quien tuvimos una simpática charla y coordinamos algunos trabajos pendientes de la semana. Más tarde tomé mi auto y me fui conduciendo a casa, siendo exactamente las 23:50 estaba frente al portón que da acceso a los estacionamientos de mi casa, presioné el botón del control remoto para abrirlo y poder entrar… hasta ese momento estaba pasando piola mi día de cumpleaños, solo faltaban 10 minutos para acabar el día y ya estaría de guata en la cama… ¡Pero no! Estacioné el auto, con una mano tomé un pequeño bolso donde llevaba varias pertenencias, al interior mi billetera incluso, y en la otra mano las llaves y el celular. Cuando puse ambos pies bajo el auto se me abalanzan dos tipos, totalmente vestidos de negro, con pasamontañas, cada uno con una pistola y además uno de ellos con un fierro, una herramienta llamada “diablito”. Estaban ocultos detrás de un vehículo que se estaciona a un costado del mío. (más…)

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Cuando ya llevas casi cuatro años de pololeo la cosa no va a cambiar mucho. Ese era yo en tercer año de universidad, a los 22 años. Estudiaba periodismo en Santiago, viajaba casi todos los fines de semana a Santa Cruz en esos hasta hoy nunca bien ponderados buses del Terminal Sur; Entonces comenzaron a pasar cosas que cambiarían radicalmente –sí, otra vez– a ese pajarito que era, porque si bien el shock que me había mandado en Temuco con Carolina me había despabilado, seguía siendo más o menos la misma persona. Esto parece trajín de nunca acabar, pero pucha… así fue la cuestión.

El año 2003 Santa Cruz aún no vivía la revolución de las comunicaciones, en verdad el país tampoco, si bien ya existía el internet en algunas casas, solo algunos pocos usaban el celular –para llamar–, pero ni hablar de internet móvil, no existía, el rey seguía siendo el mensaje de texto. Solo como dato, aún no existían ni YouTube –creado el 2005–, ni mucho menos Facebook –creado el 2004 y abierto a nuestro país el 2006–. Internet era aún un lugar solo para “entendidos”, para ver sitios de noticias, comunidades de blogs y sitios como GeoCities, para chatear con desconocidos en IRC, amigos en ICQ o mandarle mails a tus conocidos; Y todo visto desde la enorme pantalla cúbica de tu computador, donde además te tenías que conectar desde la línea telefónica con un módem que mantenía el tono ocupado, y uno que otro tenía “banda ancha”. Era otra hueá. Por lo tanto, el emperador del entretenimiento era la televisión, y el cable reinaba en gloria y majestad. Ahora se preguntarán ¿por qué diablos estoy contando todo esto? Porque ahí fue cuando terminé con mi polola de tanto tiempo, María Beatriz, y me hice demasiado amigo de dos infames, Joaquín y Carlos, los que con una buena cámara de video en mano tuvimos una terrible de pulenta buena idea.

¿Y porqué me salté tan a la ligera la historia de María Beatriz? ¡¿Cómo es que en casi cuatro años no tengo ni una puta hueá que contar?! Bueno… era pavo, si bien con el viaje a Temuco –que conté en el capítulo anterior– aprendí la lección de no guardarme nunca más esa sensación de cuando te gusta una chica, eso de quedarme como hueón boca abierto y no hacer nada, María Beatriz llegó muy encima de eso y se quedó por tanto tiempo… tanto… mucho diría yo… ¡Demasiado! Así que no tuve más práctica, después caí en ese estado de confort que te da la seguridad, que tienes tu minita ahí, que estás bien… ¡y todo eso! Me portaba bien, no tuve la oportunidad de desatar “la locura adolescente” –nunca lo había hecho–, estaba muy, pero muy bien portado, por así decirlo. Así que esos casi cuatro años pasaron parejitos, hasta que mi mente empezó a cambiar.

Ya no era la misma persona que se emparejó con aquella linda muchacha del Colegio Santa Cruz de Unco y luego estudiante de la Pontificia Universidad Católica –era una excelente estudiante y es una excelente mujer–, ya no era el mismo Mario Andrés, así que una noche luego de una discusión le dije: “Ahí está la puerta, si te vas es porque ya hemos terminado y no quieres volver…” ¡Y se fue! ¡Ni la pensó y se mandó cambiar! ¡…jajajaja! Aún sigo pensando, ¿quién terminó con quién? ¿Fui yo o fue ella? ¿O fue un acuerdo? El asunto es que salió por la puerta, estábamos en mi habitación, nunca volvimos, creo que solo una vez más volvió a entrar a mi casa, y no fue para volver ni para una recaída, fue para dar un poco de pena –yo obviamente, ella siempre digna–.

Así que estaba soltero, con la cabeza liberada y pensando en un montón de cosas que quería hacer. Joaquín, Carlos y esa famosa camarita de televisión dieron como resultado el primer programa de televisión local de producción independiente –creamos una productora– que trataba con humor e ironía las noticias locales, algo así como un “Caiga Quien Caiga” de Santa Cruz. Lo llamamos “Tiradores”.

Este era yo cuando partí haciendo “Tiradores” el 2003, al verme dije “algo tengo que hacer para mejorar…”

Podría escribir decenas de capítulos acerca de esta historia, solo de Tiradores, de hecho lo hice, quizás lo publique por acá más adelante –escribí un libro e hice un documental de su génesis–, pero ahora me voy a enfocar en algo que no está en esas páginas/píxeles; Yo era el único notero de la primera temporada –a la fecha ya van cinco y una buena cantidad de rostros que han pasado–, y como yo editaba las notas me vi cuadro a cuadro como realmente era, como hablaba, la postura que tenía, cada detalle de mi cuerpo y lenguaje corporal lo veía horas y horas inevitablemente al editar las imágenes… y ahí caché que era un mamerto… ¡…jajaja! ¡Es que parecía cualquier hueá! “Aquí hay varias cosas que mejorar” dije, primero dejaba la boca abierta siempre, de ahí que en toda esta serie de capítulos me vengo calificando como “boca abierto”, era literal, así que me veía terrible de hueón, tenía que enderezar la espalda, cambiar definitivamente ese peinado al medio que me acompañaba desde la primera infancia… cambiar gestos con la cara, y cientos de detalles que me hacían ver menso, pavo… poco atractivo dicho en todas sus letras. Lo otro también fue bajar de peso porque los cachetes se me veían enormes… ¡Nooo… fue una locura! Hacer consciente cada detalle de tu lenguaje corporal que has llevado por años fue terrible, pero necesario; Durante la segunda temporada del programa ya era otro Mario, había cambiado y el programa también.

El año 2004 –casi para la segunda temporada– comenzó la locura, ¿recuerdan al gordito tímido que ninguna mina lo pescaba y que fue basureado en su cara toda su infancia por el sexo opuesto? El mismo que en capítulos anteriores contaba sus historias, yo; había comenzado a vivir tardíamente la locura adolescente que nunca tuve, por culpa de las inseguridades, la timidez, los rechazos, de la enorme bola de grasa negra que estaba pegada a mí… Por culpa de la vida o de nadie, porque fue así nada más. Entonces empezaba a disfrutar por primera vez lo que se sentía que un desconocido en la calle te dijera: “Oye flaco…” O que las minas se te acercaran a conversar, mujeres que no conocías, se acercaban y coqueteaban. ¡Eso era una hueá nueva para mí! ¡Y yo sabía como seguir el juego! Debo reconocer que me gustó, me gustó caleta y lo disfruté. Pero como dicen que no todo es para siempre… llegó el día en que todo, todo, todo, volvió a ser complicado, y eso pasó en abril de 2005. (más…)

Cuando tenía alrededor de 17 años escribí por primera vez esta historia, claro que aquella vez me tomó más de 140 páginas tamaño carta escritas en el género de guión cinematográfico… sí, una película puesta en papel, una que nadie hubiese visto si la hubiese hecho –por lo patética–. Es primera vez que intentaré poner en palabras desde aquellos años la misma cagá en que me metí, pero claro, ahora tengo una visión totalmente distinta de lo que pasó, me río de lo que viví –aquella vez solo me lamentaba y daba pena– y saco lecciones. ¡¿Cómo tan saco de pelotas?! Pero claro, eran otros tiempos, sin embargo conversaba por Facebook hace poco con un compañero de colegio, uno que cuando estábamos en 4º básico se perdió en un paseo de curso a Santiago, ¡esa fue cagá grande! La profesora jefe lloraba, de hecho nos devolvimos a Santa Cruz sin él, apareció al otro día, obviamente se quedó gente en Santiago al aguaite por si acaso, pero ese mismo niño, hoy adulto, luego de leer los capítulos anteriores me decía: “Oye que tenías baja autoestima…” Dándome a entender como si aquella hubiese dependido de mi excesivo peso, y digamos que él tampoco era –ni es– muy estilizado que digamos, así que le digo: “¡Es que tú tenías perso!” Ese simple diálogo fue muy esclarecedor de cómo la personalidad –a priori– afecta de forma distinta el cómo los niños se relacionan consigo mismos como punto de partida a sus relaciones sociales, con su auto-imagen, porque hay hueones feos, guatones que son terrible de entradores, y hay otros como fui yo, un negrito redondo y tímido, que sobre todo tenía miedo a interactuar con chicas de mi edad, lo que se estaba convirtiendo en un grave problema, porque empezar a vivir con la frustración del rechazo y no volver a atreverme nunca más a decirle a una chica que me gustaba… ¡por miedo! …eran pesadillas lúcidas que llevaba sobre mis hombros –¡Elisa por la mierda aquella vez ni siquiera alcancé a salir contigo para acabar una sola frase!–.

Este era yo en 1998, a pesar de haber bajado algunos kilos, aún mantenía el mismo peinado a lo chasquilla… ¡jajaja!

Ya en enseñanza media estaba en otro colegio, me había cambiado a estudiar al Instituto San Fernando –de los Maristas–, en la ciudad de San Fernando, y viajaba todos los días, era un colegio mixto, había dejado atrás años de historia en un colegio solo de hombres, también había pegado el estirón –ya no era obeso así mal– y el efecto Michael Jackson había hecho efecto, ya no era el mismo negro de antes, era moreno, pero parecía más blanquito ahora –la hueá rara–. Me tenía que levantar ultra de temprano, era el único suplicio para mí, me pasaba a buscar todas las mañana don Jorge Blanco, un carismático tipo que tenía furgón escolar y además un colectivo con el recorrido Santa Cruz – San Fernando; nos llevaba prácticamente a todos los santacruzanos que estudiábamos en aquella ciudad, y tenía a algunos compañeros de colegio santacruzanos con los que me hice muy amigo, Pablo, César y Renzo, de mi misma edad, pero diferente curso, también viajaba con nosotros una chica del mismo colegio a la que vamos a llamar Carolina.

Carolina era –es– guapísima, no era de esas minas ricas curvilíneas exuberantes, sino era estilizada, delgada, bonita, de tes blanca, cabellos oscuros y ojos cafés. El colegio entero estaba enamorado de ella, bueno, no sé si enamorado, pero sí todos reconocían su belleza y cualquier hombre heterosexual habría caído rendido ante un breve juego de su parte, estoy seguro. Y yo todas las mañanas en aquel furgón estaba sentado ahí frente a su casa viendo como pasaba el umbral de su puerta para luego sentarse justo delante de mí. Era una mujer muy inteligente, una de las mejores de su generación, además participaba representando al colegio en gimnasia rítmica y fue reina en uno de nuestros aniversarios… las tenía todas, siempre destacada. Y así comenzó mi historia con ella, yo ahí como baboso mirándola día tras día, mañana tras mañana, siguiendo sus pasos, ¡si hasta viajé a otros colegios Maristas, de otras ciudades, para verla competir en gimnasia rítmica! Me había enamorado de ella, así como me había enamorado de Playa, aunque en esta parte de mi vida Playa se había ido y faltaban muchos, pero muchos años aún para que volviera y me atreviera a decirle lo que había sentido. Y ahí estaba, como el saco de pelotas que era, callado, inerte, boca abierto… lo curioso es que a Carolina jamás se le conoció un pololo, fueron varios años los que yo estuve detrás de ella, aunque jamás me dio bola, no éramos partners, sí hablábamos y compartimos más de alguna junta, pero nada más… hasta que se presentó una oportunidad.

El año 1998 se fundó Radio Santa Cruz, y así comenzó mi carrera, literalmente; si hoy soy periodista fue en gran parte porque aquella vez tocaron la puerta de mi casa, así tal cual, Rubén y Enrique, el primero un amigo y locutor de radio que había conocido cuando niño, el que desde aquellos años me había identificado como alguien a quien le gustaban las comunicaciones, y Enrique era el encargado del área comercial de la radio, habían ido a ofrecerme el primer programa juvenil de la emisora; ¡Y así fue! No pasó mucho rato para que se me prendiera la ampolleta e hice mi primer fichaje, a la guachita rica Carolina, que además tenía una voz tan dulce y una inteligencia sobrecogedora. Mi primer trabajo en un medio de comunicación fue con ella, eso ya está escrito en mi historia de vida y no hay nada que hacerle. En la radio la amaron, no sé si fue de calientes que eran los hueones o qué, aunque méritos en cuanto a talento tenía, sin embargo no duró más de tres meses y se retiró –¡por la mierda!– Pero me sirvió, ahí logré mayor cercanía, estaba cerca de ella, aunque seguía siendo el mismo saco de brevas de siempre… pfff…

Yo seguí en la radio durante dos años más, me retiré cuando pasé a cuarto medio para dedicarme por completo a estudiar y dar una buena prueba para entrar a la universidad, sin embargo un año antes me iba a mandar un tremendo pastelazo con Carolina que daría un vuelco radical a mi personalidad.

Ya habían pasado unos dos años “amando” a esta mujer en secreto, era verano, vacaciones, quizás demasiado tiempo libre me estaba pasando una mala jugada, y así como que de un día para otro dije “tengo que decirle a Carolina que me gusta”, es que no puedo ser tan hueón, no es normal que te guste una mina y quedarte callado para siempre, no atreverte ni siquiera a acercarte un poquito, o sea está bien, era pavo, no tenía la práctica, jamás había pololeado ni andado con nadie, las minas no me pescaban, pero cómo chucha, en algún minuto tenía que despabilar, lo de Elisa había pasado hace mil años, fue casi en mi infancia, no podía seguir traumado… fue como que me cayó un ladrillo en la cabeza, no sé qué mierda me pasó ese día, pero todo este pensamiento ocurrió de una, nada de hueás que de a poco me di cuenta… ¡no, fue de un pencazo!

Así que pedí ayuda moral y operativa, me junté ese mismo día con mi amigo el flaco Rodrigo, le pedí que llamara por teléfono a casa de Carolina y se cambiara el nombre, quería saber si estaba ahí, porque me iba a dejar caer ese mismo día. Y no contestó nadie, llamamos caleta. Así que fuimos noma, y la casa parecía vacía, con todas las luces apagadas, sin sonidos ni movimientos aparentes, pero había una ventana medio abierta… ¡Pico en el ojo! Nos fuimos, a fines de los ’90 aún se caminaba sin celulares y sin internet en los bolsillos. Cómo habría estado de atragantado que volví ese mismo día a rondar la casa otra vez y la encontré en las mismas condiciones, deshabitada, pero ahora con la ventana cerrada… ¡rara la hueá!

Hablamos por teléfono con el flaco esa noche, él tenía la teoría de un asesino serial que los había matado a todos… hicimos conjeturas al más puro estilo de las películas, estábamos algo chiflados, creo que usábamos mucho la imaginación. Al otro día nos volvimos a juntar para llamar por teléfono a esa casa donde no aparecía nadie, el flaco tenía otra vez la misión de cambiarse el nombre y preguntar por Carolina… ¡Pico de caballo! ¡Nada! ¡¿Dónde chucha estaba la gente que vivía en esa casa?! ¡Alguien tenía que abrir y cerrar esa puta ventana!

Y ahí estábamos otra vez los pelotudos, después de ese llamado nos fuimos a hacer guardia a la casa hasta que apareciera algún alma. ¡Puta que es buen amigo el flaco Rodrigo! Teníamos como 16 años y ya nos conocíamos de hacía una cachá de años, hoy soy su testigo y padrino de matrimonio, y en aganchás como esas, de pasar realmente varias horas rondando un árbol –a pata–, esperando que llegue alguien a una casa, son el tipo de situaciones en que se ven los verdaderos amigos, aunque los veas una vez al año, porque ahora no la hago ni cagando… ¡Y llegó la mamá! Sí, estacionó su Peugeot verde frente a la casa y entró. La verdad no sé cuánto tiempo pasó hasta eso, pero ahora teníamos la certeza que había alguien en casa.

Obviamente teníamos un plan, si tan hueones no éramos. Corrimos como malos de la cabeza al teléfono público que había en Rafael Casanova al llegar a la Plaza de Armas –en Santa Cruz, claro–, el flaco ya tenía el libreto aprendido, sabía que le iba a contestar la mamá e íbamos a averiguar por fin dónde estaba la desaparecida Carolina. Se dan cuenta lo difícil que era en mi época contactarse con alguien si te gustaba, ahora los adolescentes la tienen tan fácil, un simple warisapo, un inbox, geolocalización, Instagram, una llamada por celular y todo es instantáneo, yo tenía que hacer los medios operativos… era la media zorra.

La noche de ese mismo día estaba en el terminal de San Fernando tomando un bus rumbo a Temuco, con la plata justa, a base de mentiras que había dicho en casa me había embarcado en una aventura descabellada que superaba todos los límites que alguna vez había cruzado, todo porque de un momento a otro despabilé y dije “no puedo esperar más, llegó el momento pase lo que pase”. ¿Por qué rumbo a Temuco? Cuando el flaco habló con la mamá de Carolina averiguamos que ella se había ido de vacaciones al sur con su hermana, al departamento de su abuela en Temuco, nos dio el número de teléfono. Con ese dato y el servicio de informaciones pude dar con la dirección exacta donde se estaba quedando Carolina en aquella ciudad. Yo tenía plata guardada que le había cobrado a algunos auspiciadores de la radio, así que dije qué tanta hueá, voy a ocuparla y después la repongo de alguna forma, el flaco tenía familia en Los Ángeles, al sur, así que le pedí que me acompañara a hablar con mi familia y dijera que me había invitado un par de días al sur con sus papás, así me podía ir tranquilo, él solo tendría que mantenerse oculto sin que lo vieran en Santa Cruz los días que yo estuviera afuera. ¡Era un pendejo loco! Armé toda una coartada, y ahí estaba en un viaje de 600 kilómetros solo para buscar a esta niña que tanto me gustaba y que ni siquiera le había dicho que la encontraba linda… ¡¿En qué chucha estaba pensando?! (más…)

Cuando estaba en primero básico me daban cien pesos para ir al colegio, y eso fue un dineral por mucho tiempo, por varios años diría. Me alcanzaba para comprar papas fritas en el primer recreo y alguna otra cosa parecida en el segundo también. Pero como conté en el primer capítulo me quitaban la plata… ¡jajaja! Sí, fui víctima de lo que hoy se llama bullying, palabra que no existía en aquellos años. La enseñanza básica la hice en el IRFE de Santa Cruz, y para ser bastante honesto no recuerdo bien cómo se daba aquella dinámica del asalto, pero sí recuerdo como mi mamá tuvo que ir al colegio a parar esa situación, y uno de los responsables era mi amigo Patán. Bueno, en ese momento no podía calificarlo de amigo, pero con el correr de los años Patán se transformó en un verdadero partner, hasta el día de hoy seguimos compartiendo asados y buenos momentos y nos reímos de aquella talla que algunos amigos en común hasta abusan de ella al punto de hacerlo sentir mal… ¡jajaja! Patán nunca fue bien portado, era desordenado, hiperactivo, se mandaba una que otra cagá, en cambio yo era tranquilo, pavo; siempre he tenido esa capacidad de hacerme amigo de gente muy distinta a mí, mirando mi pasado me doy cuenta de aquello.

Con mi amigo Patán.

La disciplina en el IRFE era cosa seria, cuando te portabas mal te agarraban a coscachos los mismos profes, y cuando éramos más chicos sólo nos daban un tirón de oreja. Pero ya en el segundo ciclo de básica la cosa era distinta; hace solo un par de semanas recordábamos con Patán algunos de esos episodios, él contaba como hace poco vio a uno de aquellos míticos profesores del IRFE en una presentación musical y le gritó varias “hueás”, porque aún recordaba como a él y a varios más mal portados –niños chicos– ese mismo profesor los puso en fila, de rodillas y con las manos en la nuca y “métale a patas en la raja” decía, así mismo, castigo cual Guantánamo. Como olvidar a otro profesor de biología que tuvimos que a los desordenados les ofrecía “Kinos” y “Tincazos”, que no eran más que unos coscorrones bien pegados en la cabeza, unos eran con el puño cerrado que te dejaban enterrado en el piso y los otros eran así raspando el casco, no recuerdo cuál era cuál, pero aquellos eran sus castigos. Otro profesor una vez quedó corto con sus aletazos y le sacó la cresta a un compañero delante de todos, al Chicharra, lo hizo mierda. ¡Y anda que los papás fueran a decir algo! Porque los viejos cuando iban a hablar con los profesores decían “y si se porta mal péguele noma pa’ que aprenda…” Evidentemente eran los ’90, otros tiempos, ahora no se puede ni tocar a un niño en un colegio, sino todos esos profesores del IRFE que yo conocí hoy estarían presos… ¡jajaja! Y ahí estaba por estos días Patán, gritándole con odio aún a uno de estos profes que le sacaba la cresta cuando era niño –es muy divertido este hueón, así que no supe si reír o llorar con su anécdota–.

Cuando estábamos más o menos en séptimo básico –creo– teníamos a un compañero que le decíamos Lito, que no era muy bullicioso, tampoco era un gran amigo que digamos, pero sí, nos llevábamos bien y hablábamos harto. En aquel año a nuestro curso lo habían puesto en una sala justo al frente de la oficina de Luchín, un inspector que para nosotros era sanguinario, temido, de mirarlo intimidaba; estábamos ahí para estar mejor vigilados, no éramos un curso fácil en cuanto a conducta, había varios condicionales por anotaciones negativas, pero mi problema era otro, las notas, no me estaba yendo muy bien que digamos. En ese escenario un día el Lito se me acerca y me cuenta un plan que tiene, jamás me dijo las motivaciones que tuvo, fue directo al grano, me dijo que se quería robar el libro de clases.

Éramos unos angelitos y los profes tenían mano de seda.

En esos tiempos no habían sistemas computacionales para gestionar nada en los colegios, todo era a manopla, las notas, las asistencias, las anotaciones, todo pasaba por el libro de clases y ahí moría, era la única base de datos existente de todo el desarrollo del curso, de todo el año, por lo tanto, robarse el libro de clases no era cualquier hueá, era una cagá de proporciones mayores la que quería hacer el Lito. ¿Por qué me contó a mí? Nunca supe, llevo años dándome vuelta con esa pregunta, yo era la persona más bien portada y pava que había en el curso, mi único problema eran las notas, especialmente matemáticas, las odiaba y me costaban –hasta el día de hoy–, pero bueno, me contó. Me dijo que también le había contado sus planes al Chicharra, así que solo nosotros tres sabríamos lo que iba a hacer. Igual fue como innecesario, lo pudo haber hecho para callado y solo, pero no.

Yo nunca hablé con el Chicharra de esto, él sabía que yo sabía, pero me hacía el hueón, él trataba de hablarme del tema después, pero me hacía el desentendido, ya que el Chicharra no era alguien de fiar para mí, y me preocupaba que él anduviera tan boca suelta conmigo, porque lo que estaba pasando no era algo para comentarlo. El plan del Lito consistía en que al día siguiente, el viernes, al salir de clases iba a pasar raudamente por la oficina de Luchín –según él lo tenía todo estudiado– y sacar el libro de clases como Pedro por su casa y llevárselo en su mochila. Así de simple, porque el temido Luchín en ese momento nunca está frente a su escritorio, se va para otro lado. ¡Y lo hizo este chuchesumadre! (más…)

De verdad me costó ser adolescente en mi época, no era fácil ser esa bola de 98 kilos de manteca negra y fea… al menos era limpio y tenía modales, sino hubiese sido el colmo, tenía algo de dignidad, poca, algo quedaba debajo de todo ese chicharrón que había sobre mí.

¡Llegó el verano! ¡Vacaciones! Había una sola mujer de mi edad que me daba pelotas, pero ni siquiera era de la ciudad, venía de vacaciones por un par de meses, Playa se llamaba –o sea obvio que no se llamaba Playa, el nombre hueón, pero pucha, le vamos a decir así–. Playa (…jajaja) era una chica delgada, pero curvilínea, rubia, natural no, bonita, bronceada, tenía parentescos políticos con un primo hermano mío, así que por ahí la conocí, la verdad es que era muy simpática, nos hicimos muy amigos, de muy buen humor y siempre estaba soportando las tallas del agua oxigenada que debía echarse en la cabeza… eso me hacía reír mucho, además que no teníamos más de 15 años, y ella ya hacía un par de veranos que venía a Santa Cruz… pero aquel sería distinto, pues un primo de Playa (…jajaja) era el flamante DJ de la única discotech del pueblo, la muy taquilla Sahara.

Eran los ’90 y en aquella época cualquier pendejo podía entrar a la disco, nadie te pedía el carnet y hasta te vendían cerveza con cero vergüenza, con absoluta normalidad en cualquier boliche. Aún recuerdo la voz de una prima –una mayor– diciendo sobre la visita del DJ y un diálogo con Playa aquella tarde: “¡…si vino especialmente a invitar a la Playa por si quería ir a la disco…!” Así con esas voces que ponen las mamás cuando están copuchando a todo lo que dan. Acto seguido Playa me invita a la disco.

“Ya Playa, estamos listos para salir a taquillar…”

Yo sé que están esperando la tragedia, qué chucha le va a pasar a este hueón, qué mierda… pero tal vez se les ha perdido un punto importante… ¡yo era un pendejo perno, guatón y feo! ¡Y una mina terriblemente rica me invitó a la disco! ¿Y cuál es el problema dirán? O sea los hueones feos, guatones y pernos me van a entender, ¡es terrible! ¡Nada puede salir bien! ¡Es el inicio de tu Apocalipsis! Y lo peor de todo es que yo no lo sabía, inocentemente, o mejor dicho, hueonamente –igual que en el capítulo anterior– caminé directo a un abismo, eso sí, esta vez un poco más largo… ¡patético como yo solo!

¡Y fuimos a la Sahara! Aún no logro entenderlo, ¿por qué a Playa le gustaba salir conmigo? Una cosa es ser amigos, de hecho yo en aquella época le enseñé a manejar en una camioneta Chevy 500 roja, la pasábamos bien, pero pudo haber ido con quién quisiera a la disco, era bonita, incluso a la edad que tenemos ahora lo sigue siendo, ¿no le daba lata? Y no solo fuimos a la Sahara ese fin de semana, sino al siguiente también, viernes y sábado… y al siguiente, y al siguiente, y al siguiente… la cagó… Yo nunca he sabido bailar, además imagínense esa guata de embarazada de mellizos que tenía moviéndose en la pista de baile ante esa delgada y curvilínea mujer, debe haber sido todo un espectáculo para la risa. Había un animador que iba con un micrófono inalámbrico por en medio de la pista viendo qué parejas bailaban mejor para darles premios, y siempre, pero siempre, se quedaba pegado mirando a Playa, sí, le ponía weno, se movía, era sexy, guapa, tenía movimiento… al frente solo había un gordo que se balanceaba un poco –yo–, de hecho el saco de pelotas del animador a mí nunca me miró, solo la miraba a ella y nos daba el premio, que eran siempre un par de cervezas… ¡para dos menores de edad! ¡jajajaja! Eran los ’90. (más…)

A los 14 años tenía evidentemente un problema de sobrepeso, llegué hasta los 98 kilos, hoy peso 80 y mido 1.78 mts. Pero a esa edad probablemente medía mucho menos, y vaya que pesaba casi 20 kilos más que ahora, era una cosa redonda y negra sin personalidad; nunca supe tampoco como fue que mi piel se puso más blanca con los años, efecto Michael Jackson, aunque en casa me siguen llamando “negrito”, recuerdo de ese pequeño color oscuro que fui en mis años inocentes… pero bueno, a los 14 ya las hormonas empezaban a hacer su trabajo y este cabro curcuncho y redondo estaba en medio de una reunión familiar en casa de unos primos. Soy de la ciudad de Santa Cruz en la provincia de Colchagua, Chile, una comuna de alrededor de 30 mil habitantes. Y había una niña que me gustó, la verdad es que no me acuerdo de su nombre, negra no era, gorda tampoco, era de pelo largo y piel blanca, es lo único que podría decir, la voy a llamar Elisa. Yo era tan pavo que probablemente la miraba con la boca abierta con esa cara circular de pavo y una guata prominente de embarazada de mellizos –literalmente–, sí, porque hay una foto por ahí donde salgo con la esposa de un primo hermano que estaba embarazada de mellizos donde salimos con la misma enorme panza, ¡enorme! Es que la cagó, era un fenómeno, y yo lo sabía, si en mi casa habían espejos, y Elisa también lo sabía, si era difícil no darse cuenta de este niño tímido con cara de hueón y boca abierta que no sabía interactuar con las niñas –hasta esa edad aún iba en un colegio solo de hombres–.

Era todo un galán.

Creo que esa vez fue mi primera gran vergüenza, mi primera patética decepción, rechazo y portazo que me dieron en el rostro. En fin, después de aquel día me decidí a ir a la casa de esta muchacha a invitarla a salir… ¡yo nunca había hecho eso en mi vida! Estaba más nervioso que la mierda, porque la vez que estuve con ella creo que con cuea hablamos, entonces era súper raro que llegara a su casa, pero esas eran cosas que yo aún no entendía, si era ultra de pavo, no conocía los códigos, nada de nada, pensaba que por fuerza mental poco menos iba a lograr algo. Claro, ahora saco todas esas conclusiones, iba directo al abismo, pero yo… saco de pelotas, me bañé, me puse perfume, me puse mis pantalones talla especial –ultra anchos–, me puse buena pinta, dentro de lo que se podía, así bien perno, y partí a su casa. No vivía muy lejos de mí. (más…)

En podcasts he contado como una mujer me echó de su casa a mitad de la noche cuando estábamos a punto de tener sexo cuando le dije que teníamos que usar condón –me dijo “cochino de mierda” por eso, aún estoy plop–. También conté cuando llevé en mi auto a un barrio peligroso y de noche, a un conocido que tenía arresto domiciliario –infringiendo toda ley– a conseguirse plata, mientras yo lo esperaba al volante; todo bien hasta que aparece una patrulla de Carabineros y se mete al auto a esconderse –onda así de la nada– una mujer desconocida, que minutos después me estaba pidiendo dos mil pesos prestados a cambio de “un servicio”. También conté como a los 16 años escapé de mi casa al sur, a Temuco, totalmente solo, enamorado de una compañera de colegio, buscándola en pleno verano, decidido a confesarle todo mi amor oculto durante años… para ser basureado en mi cara, como buen adolescente lúser que fui a esa edad. Y hubo cosas que no alcancé a contar, como cuando llegué a un motel sin efectivo y no aceptaban tarjetas, y para no perder la única cabaña que les quedaba me dieron una opción, por el citófono me dicen: “Pero deje a la señorita en prenda, mientras va a un cajero y vuelve…” ¡Aún me cago de la risa a carcajadas! Claro que esa historia ocurrió pasado mis 30 años, porque lo que respecta hasta los 23 son un cúmulo de historias patéticas de las que ahora no me queda más que reírme, una triste historia que comenzó con un niño al que en primero básico le quitaban la plata que llevaba al colegio… sí, algo que en esa época no tenía nombre –bullying–, ya daría las primeras señales de este cabro que no atinaba nunca a despabilar… simplemente era así… era yo.

El autor, o sea yo, Mario Vilches Alcaíno.

En esta serie de capítulos, publicados sin serialidad, sin sentido y sin razón –bueno quizás sí tengan algo de todo aquello–, contaré en ficción (…mmm), basado en mis propias experiencias todas aquellas historias que en el podcast de radio “Y a usted también” alguna vez hicieron parar la oreja a tanta gente sapa, y claro, también aquellas andanzas que quedaron fuera. ¿Qué tanto de ficción y qué tanto de realidad? No sabría decir, pero todo lo que conté en ese podcast… era cierto.

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Índice de capítulos

1Memorabilia
2La primera duele más
3Todo lo que es Playa
4El robo del libro de clases
5Cuando viajé 600 km buscando a una mujer que no me dio pelotas
6Cuando mandé mi carrera a la mierda por una mujer que me corneó
7Encañonado por parte baja
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