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Constanza, había inaugurado esta serie fotográfica por allá en octubre de 2015, la misma chica del pelo verde que rebozaba de frescura, pero que sin embargo sentía algo triste dentro de sí que a veces logramos distinguir solo cuando miramos por horas y horas aquellas fotos indescifrables, eso me ocurrió; entendimientos quizás nublados por la belleza que no nos dejan ver más allá. Pero aquí la tenemos otra vez, en blanco y negro… volviendo a mirar.

Tiene ese poder, una chica que se pasea por la calle como cualquiera, que no llama la atención más que como una pequeña y delgada chica con algunos tatuajes, pero esa simpleza destaca en estas fotos, sin esos paños que cubren su piel; dejan libre su personalidad que parece solo mostrarse cuando el aire por fin envuelve sus poros.

Jocelyn, colorina, de las auténticas, que llevan aquel gen de piel pálida, cabellos rojizos y anaranjados. La conocí por esos vínculos que genera Facebook entre fotógrafos y modelos. Ya habíamos hecho fotos antes, pero esta vez ella me dijo: “quiero fotos de mi espalda desnuda”.

Les presento aquí mi selección de diez imágenes que hice con esta anaranjada modelo.

Jocelyn es tan dulce que pronto me daré una vuelta por su departamento con mi cámara, una vez más. Colores naturales como los que tiene sobre sí no se pueden abandonar.

Constanza tenía el pelo verde aquel día, la piel tatuada, le gustaba sacarse fotos en calzones, ella misma, y las publicaba en las redes sociales… un día comencé yo a sacar las fotos. Esa tarde llegó con el pelo color verde, me enamoré de ese tono, que también le valió el apodo de “cabeza de baranda”.

Ese día subimos a la azotea, había gente del edificio vecino mirando, pero se aburrieron de esperar a que mostrara sus pechos a la luz. Entonces lo hizo, se sacó el sostén y jugó, tímida, encantadora, joven y sexy.

Cuando conocí a Chelss me dijo “yo no pololeo (estar de novia), vivo con alguien, tenemos sexo, nos queremos, pero es solo eso.” Me invitó a su taller, que era básicamente un rincón entre el fregadero y montones de artículos de aseo en un departamento que arrendaba, distinto de donde vivía. En aquel lugar le gustaba pintar, pero ese día se sacó la ropa, e invadimos el resto de los rincones.

Se metió en una habitación que no era de ella y comenzó ahí a sacarse la ropa. Agarró todo lo que encontró, había una máscara de la fiesta de la Tirana, se la puso, y con ella nos enseñó sus pechos por primera vez.

Entró al baño, se miraba en el espejo mientras yo seguía disparando, luego entró a la ducha, pero antes volvió a lucir sus pezones frente a mí.

El cabello y estilismo lo hizo Francisco Le-Bert, maquillaje por Paula Paz Orellana. El señor Le-Bert ya murió, pero es parte de su legado a la estética y a la libertad sexual.