Info

Bitácora personal de delirios en multimedios. © Todos los derechos reservados.

Cuando ya llevas casi cuatro años de pololeo la cosa no va a cambiar mucho. Ese era yo en tercer año de universidad, a los 22 años. Estudiaba periodismo en Santiago, viajaba casi todos los fines de semana a Santa Cruz en esos hasta hoy nunca bien ponderados buses del Terminal Sur; Entonces comenzaron a pasar cosas que cambiarían radicalmente –sí, otra vez– a ese pajarito que era, porque si bien el shock que me había mandado en Temuco con Carolina me había despabilado, seguía siendo más o menos la misma persona. Esto parece trajín de nunca acabar, pero pucha… así fue la cuestión.

El año 2003 Santa Cruz aún no vivía la revolución de las comunicaciones, en verdad el país tampoco, si bien ya existía el internet en algunas casas, solo algunos pocos usaban el celular –para llamar–, pero ni hablar de internet móvil, no existía, el rey seguía siendo el mensaje de texto. Solo como dato, aún no existían ni YouTube –creado el 2005–, ni mucho menos Facebook –creado el 2004 y abierto a nuestro país el 2006–. Internet era aún un lugar solo para “entendidos”, para ver sitios de noticias, comunidades de blogs y sitios como GeoCities, para chatear con desconocidos en IRC, amigos en ICQ o mandarle mails a tus conocidos; Y todo visto desde la enorme pantalla cúbica de tu computador, donde además te tenías que conectar desde la línea telefónica con un módem que mantenía el tono ocupado, y uno que otro tenía “banda ancha”. Era otra hueá. Por lo tanto, el emperador del entretenimiento era la televisión, y el cable reinaba en gloria y majestad. Ahora se preguntarán ¿por qué diablos estoy contando todo esto? Porque ahí fue cuando terminé con mi polola de tanto tiempo, María Beatriz, y me hice demasiado amigo de dos infames, Joaquín y Carlos, los que con una buena cámara de video en mano tuvimos una terrible de pulenta buena idea.

¿Y porqué me salté tan a la ligera la historia de María Beatriz? ¡¿Cómo es que en casi cuatro años no tengo ni una puta hueá que contar?! Bueno… era pavo, si bien con el viaje a Temuco –que conté en el capítulo anterior– aprendí la lección de no guardarme nunca más esa sensación de cuando te gusta una chica, eso de quedarme como hueón boca abierto y no hacer nada, María Beatriz llegó muy encima de eso y se quedó por tanto tiempo… tanto… mucho diría yo… ¡Demasiado! Así que no tuve más práctica, después caí en ese estado de confort que te da la seguridad, que tienes tu minita ahí, que estás bien… ¡y todo eso! Me portaba bien, no tuve la oportunidad de desatar “la locura adolescente” –nunca lo había hecho–, estaba muy, pero muy bien portado, por así decirlo. Así que esos casi cuatro años pasaron parejitos, hasta que mi mente empezó a cambiar.

Ya no era la misma persona que se emparejó con aquella linda muchacha del Colegio Santa Cruz de Unco y luego estudiante de la Pontificia Universidad Católica –era una excelente estudiante y es una excelente mujer–, ya no era el mismo Mario Andrés, así que una noche luego de una discusión le dije: “Ahí está la puerta, si te vas es porque ya hemos terminado y no quieres volver…” ¡Y se fue! ¡Ni la pensó y se mandó cambiar! ¡…jajajaja! Aún sigo pensando, ¿quién terminó con quién? ¿Fui yo o fue ella? ¿O fue un acuerdo? El asunto es que salió por la puerta, estábamos en mi habitación, nunca volvimos, creo que solo una vez más volvió a entrar a mi casa, y no fue para volver ni para una recaída, fue para dar un poco de pena –yo obviamente, ella siempre digna–.

Así que estaba soltero, con la cabeza liberada y pensando en un montón de cosas que quería hacer. Joaquín, Carlos y esa famosa camarita de televisión dieron como resultado el primer programa de televisión local de producción independiente –creamos una productora– que trataba con humor e ironía las noticias locales, algo así como un “Caiga Quien Caiga” de Santa Cruz. Lo llamamos “Tiradores”.

Este era yo cuando partí haciendo “Tiradores” el 2003, al verme dije “algo tengo que hacer para mejorar…”

Podría escribir decenas de capítulos acerca de esta historia, solo de Tiradores, de hecho lo hice, quizás lo publique por acá más adelante –escribí un libro e hice un documental de su génesis–, pero ahora me voy a enfocar en algo que no está en esas páginas/píxeles; Yo era el único notero de la primera temporada –a la fecha ya van cinco y una buena cantidad de rostros que han pasado–, y como yo editaba las notas me vi cuadro a cuadro como realmente era, como hablaba, la postura que tenía, cada detalle de mi cuerpo y lenguaje corporal lo veía horas y horas inevitablemente al editar las imágenes… y ahí caché que era un mamerto… ¡…jajaja! ¡Es que parecía cualquier hueá! “Aquí hay varias cosas que mejorar” dije, primero dejaba la boca abierta siempre, de ahí que en toda esta serie de capítulos me vengo calificando como “boca abierto”, era literal, así que me veía terrible de hueón, tenía que enderezar la espalda, cambiar definitivamente ese peinado al medio que me acompañaba desde la primera infancia… cambiar gestos con la cara, y cientos de detalles que me hacían ver menso, pavo… poco atractivo dicho en todas sus letras. Lo otro también fue bajar de peso porque los cachetes se me veían enormes… ¡Nooo… fue una locura! Hacer consciente cada detalle de tu lenguaje corporal que has llevado por años fue terrible, pero necesario; Durante la segunda temporada del programa ya era otro Mario, había cambiado y el programa también.

El año 2004 –casi para la segunda temporada– comenzó la locura, ¿recuerdan al gordito tímido que ninguna mina lo pescaba y que fue basureado en su cara toda su infancia por el sexo opuesto? El mismo que en capítulos anteriores contaba sus historias, yo; había comenzado a vivir tardíamente la locura adolescente que nunca tuve, por culpa de las inseguridades, la timidez, los rechazos, de la enorme bola de grasa negra que estaba pegada a mí… Por culpa de la vida o de nadie, porque fue así nada más. Entonces empezaba a disfrutar por primera vez lo que se sentía que un desconocido en la calle te dijera: “Oye flaco…” O que las minas se te acercaran a conversar, mujeres que no conocías, se acercaban y coqueteaban. ¡Eso era una hueá nueva para mí! ¡Y yo sabía como seguir el juego! Debo reconocer que me gustó, me gustó caleta y lo disfruté. Pero como dicen que no todo es para siempre… llegó el día en que todo, todo, todo, volvió a ser complicado, y eso pasó en abril de 2005.

El cambio de la primera temporada a las últimas ya era notorio a simple vista.

Me llamó mi amigo Miguel, un experimentado locutor radial que estaba haciendo un taller de dicción o algo así en la escuela de modelaje de mi amigo Erwin, que quedaba en Rafael Casanova casi al llegar a la Plaza de Armas de Santa Cruz en un segundo piso. Miguel quería que lo ayudara en una de sus clases grabando a sus alumnas mirando a cámara, simulando una mención comercial, para ver su manejo escénico, manera de hablar y todas esas cosas que se evalúan en televisión. “¡Obvio Miguelito, yo te ayudo!” Le dije. Así se empezó a cuajar la cagaita en la que me iba a meter ahora.

Era una mañana de sábado, soleado, estaba en plena vereda de calle Rafael Casanova justo donde quedaba la academia de modelaje junto a Miguel y algunas chicas que ya habían llegado, cuando una de ellas dice: “Ahí viene Francisca…” –En verdad no se llama así, pero la llamaremos así en esta historia–. La vi venir desde la esquina en diagonal hacia mí, usaba una falda a crochet blanca, me gustó desde el primer instante en que la vi, a la distancia que fuera ya me había enamorado de ella, fue una especie de flechazo que no había experimentado nunca antes en mi vida de esa forma, así a primera vista, de quedar hipnotizado por una chica. Hasta que llegó justo al frente mío, fue algo mutuo, nos gustamos desde el primer momento… pensar que esto paso hace más de doce años me pone la piel de gallina porque recuerdo aquel día a la perfección, son pocos los momentos como estos que ocurren en tu vida.

Cuando comenzó la clase de Miguel hizo unos ejercicios de relajación y confianza, eran de a pares, y justo Francisca quedó sin compañera, así que todas las miradas se pusieron sobre mí para que fuera su compañero, y ahí estaba, haciéndole masajes y ella a mí el primer día que nos veíamos. Fue cuático.

No había pasado más de un mes y ya estábamos pololeando, yo estaba embobado, Francisca era la mujer más linda que yo había visto jamás, le ponía el pie encima a todas, a Carolina incluso que tanto me hizo suspirar por la cresta, a todas hasta ese momento… era modelo claro. Pero había un problema, aún no había salido del colegio y yo estaba en la universidad. Si bien es común que el hombre sea mayor, universitario en este caso, ella sabía que sus papás no la iban a dejar pololear conmigo, pero tampoco me iba a andar ocultando, así que yo iba bastante seguido para su casa y me hice muy amigo de su familia, estoy seguro que lo sabían, pero como que no querían admitirlo –que nos gustábamos y que estábamos juntos–, se negaban a verlo quizás. Es más, con su padre hice muy buenas yuntas, realmente buenas, salimos juntos en varias oportunidades y hasta incluso se puso con lucas como auspiciador de mi programa, de Tiradores, ya que tenía una empresa local.

Nunca, pero nunca hasta entonces había estado tan enamorado de una mujer, ni en mis casi cuatro años de pololeo, era una hueá que no entendía que pasaba conmigo, andaba tonto, era algo así como viendo mariposas y querubines por todas partes, una hueá enfermante de amor, idealizada probablemente. Llegué a viajar de la universidad –en Santiago– por el día para estar con ella. Onda así salía de clases a las 11 de la mañana, llegaba a Santa Cruz a las 3 de la tarde y me quedaba con ella hasta las 7 y volvía a Santiago. ¡La cagó! Obviamente no había fin de semana que me perdiera de viajar para estar con mi bombón, tampoco me perdía desfile de modas donde iba para ser el primero en aplaudirla… estaba loco por ella.

Hasta que un día quedó la primera gran zorra de esta historia. Una compañera de colegio de Francisca la echó al agua con su mamá de que estaba pololeando conmigo. ¡La conchesumadre maraca de mierda sapa reculiá! Recuerdo que esa tarde estábamos con Francisca en mi casa cuando recibe el mensaje de texto, salió volando… tan rápido que dejó un chaleco encima de mi cama. No la volví a ver durante muchos días, tampoco se conectaba a MSN Messenger, le quitaron el celular… fue terrible, lo único que me quedó fue ese chaleco. Lloré, lloré y lloré como una magdalena, es que la cagó. De hecho me acostaba encima de mi cama, a oscuras, tapado con una mantita hasta la altura de la nariz, mirando el techo, y así me quedaba por horas. En ese estado me encontraron mis amigos Carlos y Joaquín, hasta el día de hoy lo recuerdan y se ríen de mí… me dejé crecer la barba como vagabundo.

Una mañana anoté un par de números de teléfono en un papel, dejé encima de mi velador mi celular –ahí tirado– y partí a Pichilemu, con lo puesto y algunas pocas pilchas en una mochila, agarré un bus. La idea era que nadie supiera donde estaba, no recibir ningún llamado, desaparecer hasta el otro día. En la playa encontré un lugar donde alojarme, el más paupérrimo en el que he estado jamás –la hueá fea y penca–, más tarde me fui a una playa tranquila, casi sin gente, ahí me quedé hasta que se hizo de noche, solo, mirando como las olas reventaban en las rocas… ¿para qué hice eso? No lo sé, necesitaba escapar, pensar, no me sentía bien, solo huía de donde estaba parado. Al día siguiente volví a Santa Cruz.

Días después fui a casa de Francisca –así cara de raja–, quería conversar con su madre, antes la había llamado, me recibió, al fin y al cabo era un amigo de la familia ya, y escuchó todo lo que tenía que decir, estoy seguro que me creyó, que yo quería a su hija, que estaba enamorado o que yo lo creía así… pero ahora entiendo que también esa reacción que tuvo fue producto de la mentira por la que la hicieron pasar, en parte. Después pude conversar con su papá, con el que me llevaba mucho mejor y tenía harta más confianza, así que fuimos a una de las habitaciones del segundo piso para poder hablar sin que nadie más escuchara, y hablamos de hombre a hombre, así tal cual pan, pan, vino, vino. Ese gesto que tuvo ese hombre de hablar conmigo de esa forma, no solo de escucharme, también de contarme su historia personal, con todo el tiempo del mundo, fue algo que valoro tanto hasta el día de hoy, porque no tenía motivos, pudo haberme mandado a la mierda y punto, pero se dio el trabajo de hablar, de explicarme porqué reaccionaron así, qué había detrás de todo aquello, en verdad fue una hueá que cualquiera no hace.

Los padres de Francisca, y lo digo con absoluta certeza, estoy seguro que sabían que quería muy en serio a su hija, pero no podían dar el visto bueno a la relación y yo lo entendía, tenían sus motivos. Aún así no me iba a dar por vencido, una relación no se puede acabar porque un juez lo decreta, no iba a ser mi caso.

Pasaron los meses y yo seguí viéndome con Francisca, ahora con muchas más restricciones que antes por supuesto, esto lamentablemente le fue restando espacios vitales de vida a mi bombón, ella irradiaba belleza, juventud e histrionismo, estar así conmigo no le estaba aportando mucho a la etapa que ella estaba viviendo, y yo empecé a notarlo –por las restricciones que nos impusieron claro–.

Una noche fuimos a una fiesta que se hacía en el Colegio Santa Cruz de Unco, se supone que iba a ser una noche típica para pasarlo bien, pero en esa precisa fiesta se acerca un pelagato a hablar con ella, yo no caché mucho de qué se trataba, después le pregunto: “¿Qué onda?” “Nooo… es que son unos cabros del IRFE que quieren que sea la candidata a reina de su alianza… pero no te preocupí, si les voy a decir que no…” me dijo. ¡Que no me preocupe mis gónadas! Recuerdan que yo alguna vez estudié en el IRFE, un colegio solo de hombres, donde los aniversarios son “satánicos” si de candidatas a reinas se trata, es que no se imaginan las pruebas por las que tienen que pasar esas chicas. Yo estaba muy acostumbrado a sus desfiles de moda, me encantaba que se mostrara y era el primero en aplaudirla, pero una candidatura a reina en el IRFE era una hueá para tirarse de un puente… ¡Se la iban a comer viva!

¡Ahí aprendí a hacerle caso a mi intuición! Aquella vez no me falló –por la chucha quisiera que me hubiese fallado más– Estaba seguro que iba a terminar siendo la candidata a reina, es más, estaba seguro que iba a ganar, en ese mismo instante la vi con la corona y eso también iba a marcar nuestro fin de manera trágica… tragedia en mala.

Corte directo, a los días Francisca era la candidata a reina de una de las alianzas del mes de aniversario del IRFE.

Estábamos en una plaza el día anterior a una de las jornadas donde tenía que participar en algunas de las pruebas, las cuales obviamente no me había dicho de qué se trataban, así que le mencioné que quería ir a verla… “¡No! Mario en verdad, por tu salud mental te recomiendo que mejor no vayas…” Me dijo esa hueá, en serio que me dijo esa frase de mierda. ¡Con-che-su-ma-dre! Me dejó pal pico… y no fui, no pude, no fui capaz. Estaba para la cagá.

Cuando los papás de Francisca nos habían tratado de separar yo estaba en pleno periodo de exámenes, cerrando el semestre académico en la universidad, con la depresión que me dio en ese momento me pitié varios ramos, tampoco tenía cabeza para seguir estudiando, solo pensaba en Francisca, de verdad era una especie de amor loco el cual nunca antes viví –mi teoría de la adolescencia tardía–, así que opté por congelar la carrera, y estaba a tiempo completo en Santa Cruz dedicado al 100% a mi bombón. ¿Se dan cuenta –si han leído los otros capítulos– la cantidad de barbaridades que había hecho por amor hasta ese entonces? Así que tenía tiempo –mal ahí–, pensaba mucho, los celos me empezaron a afectar.

Un par de días después me dejé caer en casa de Francisca, salió con cuea un minuto a recibirme a la vereda, porque estaba con su rey feo ensayando una coreografía. ¡Rey feo y la puta que te parió! Ahí ya empecé a sentir algo de desprecio de su parte, y siendo bien honesto yo no había hecho absolutamente nada para merecerlo, al contrario, solo la quería y me preocupaba por ella, me había mamado mil problemas solo por ella, pero es verdad que nadie me lo pidió, yo solito tomé esas decisiones, sin embargo de un momento a otro ella empezó a mirarme distinto, ya no había brillo en sus ojos, parecía odiarme un poco quizás. Es lo peor que te puede pasar, que la persona que tanto quieres te mire de esa forma y no sepas cómo ha sucedido.

El momento en que ya la había perdido para siempre fue para el desfile de los carros alegóricos del colegio. Yo estaba en un segundo piso, en un balcón, junto a Erwin y varios más que colaboraban en la academia de modelaje, mirando pasar el desfile, y ahí venía Francisca, arriba de un carro saludando a la gente, quedaba justo a nuestra altura, y cuando pasó frente a mí me ignoró, a pesar de haberme mirado por un breve instante a los ojos. Los demás se dieron cuenta.

Francisca había estado engañándome con su rey feo, andaba detrás de él. No hubo una conversación, un llamado, un mensaje, nada que dijera “hasta aquí llegamos, terminamos”. No, no hubo un momento en que alguien pateara al otro, simplemente entendimos que ya no estábamos juntos sin decir una palabra. Me dolió, y duele recordarlo, porque fue la primera vez que me rompían el corazón de esa forma, engañándome, cambiándome, descartándome, cuando de un momento a otro la persona que tanto quieres te mira como si fueras un desconocido… esa hueá es heavy, no la había vivido, no la tuve en mis patéticas historias de mi primera adolescencia, tampoco lo viví en mi primer pololeo, que como dije fue “parejito”, lo viví con Francisca por primera vez y fue a full, intenso.

Francisca fue coronada ese año como la reina del aniversario del IRFE y yo estaba ahí entre el público viendo como ganaba su corona la noche final. Ya a ese punto ni cruzábamos miradas. La historia con su rey feo no prosperó en el tiempo; alguna vez me senté con él en una banca de la Plaza de Armas donde le pude sacar información acerca de todo lo que había pasado –el pajarito cantó–.

Tuvieron que pasar dos años sin contacto alguno con Francisca para volver a conversar, ¡dos malditos años! Pero hicimos las paces, me pidió perdón entre lágrimas por lo que me había hecho, obvio que la perdoné, hay cosas que simplemente “pasan” cuando uno es muy joven. Después de aquello logramos hacernos amigos, yo me emparejé con otras mujeres en ruta, ella desechó a un pololo que era un tiro al aire –un culiao saco de cachas– y consiguió a uno bueno –uno que se lo aprobé …jajaja– y digamos que el destino se encargó de ordenar las piezas, aunque el pololo que yo le había aprobado ya pasó a ser un ex… pero sigue siendo mi amigo hasta hoy. La vida tiene muchas vueltas.

[Ir al capítulo siguiente / capítulo anterior / capítulo 1]

Índice de capítulos

1Memorabilia
2La primera duele más
3Todo lo que es Playa
4El robo del libro de clases
5Cuando viajé 600 km buscando a una mujer que no me dio pelotas
6Cuando mandé mi carrera a la mierda por una mujer que me corneó
7Encañonado por parte baja
Más capítulos en marcha...
Anuncios

Comments

2 Comments

Post a comment

Trackbacks & Pingbacks

  1. Capítulo 7; Encañonado por parte baja | mariovilches.com
  2. Capítulo 5; Cuando viajé 600 km buscando a una mujer que no me dio pelotas | mariovilches.com