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Bitácora personal de delirios en multimedios. © Todos los derechos reservados.

Cuando estaba en primero básico me daban cien pesos para ir al colegio, y eso fue un dineral por mucho tiempo, por varios años diría. Me alcanzaba para comprar papas fritas en el primer recreo y alguna otra cosa parecida en el segundo también. Pero como conté en el primer capítulo me quitaban la plata… ¡jajaja! Sí, fui víctima de lo que hoy se llama bullying, palabra que no existía en aquellos años. La enseñanza básica la hice en el IRFE de Santa Cruz, y para ser bastante honesto no recuerdo bien cómo se daba aquella dinámica del asalto, pero sí recuerdo como mi mamá tuvo que ir al colegio a parar esa situación, y uno de los responsables era mi amigo Patán. Bueno, en ese momento no podía calificarlo de amigo, pero con el correr de los años Patán se transformó en un verdadero partner, hasta el día de hoy seguimos compartiendo asados y buenos momentos y nos reímos de aquella talla que algunos amigos en común hasta abusan de ella al punto de hacerlo sentir mal… ¡jajaja! Patán nunca fue bien portado, era desordenado, hiperactivo, se mandaba una que otra cagá, en cambio yo era tranquilo, pavo; siempre he tenido esa capacidad de hacerme amigo de gente muy distinta a mí, mirando mi pasado me doy cuenta de aquello.

Con mi amigo Patán.

La disciplina en el IRFE era cosa seria, cuando te portabas mal te agarraban a coscachos los mismos profes, y cuando éramos más chicos sólo nos daban un tirón de oreja. Pero ya en el segundo ciclo de básica la cosa era distinta; hace solo un par de semanas recordábamos con Patán algunos de esos episodios, él contaba como hace poco vio a uno de aquellos míticos profesores del IRFE en una presentación musical y le gritó varias “hueás”, porque aún recordaba como a él y a varios más mal portados –niños chicos– ese mismo profesor los puso en fila, de rodillas y con las manos en la nuca y “métale a patas en la raja” decía, así mismo, castigo cual Guantánamo. Como olvidar a otro profesor de biología que tuvimos que a los desordenados les ofrecía “Kinos” y “Tincazos”, que no eran más que unos coscorrones bien pegados en la cabeza, unos eran con el puño cerrado que te dejaban enterrado en el piso y los otros eran así raspando el casco, no recuerdo cuál era cuál, pero aquellos eran sus castigos. Otro profesor una vez quedó corto con sus aletazos y le sacó la cresta a un compañero delante de todos, al Chicharra, lo hizo mierda. ¡Y anda que los papás fueran a decir algo! Porque los viejos cuando iban a hablar con los profesores decían “y si se porta mal péguele noma pa’ que aprenda…” Evidentemente eran los ’90, otros tiempos, ahora no se puede ni tocar a un niño en un colegio, sino todos esos profesores del IRFE que yo conocí hoy estarían presos… ¡jajaja! Y ahí estaba por estos días Patán, gritándole con odio aún a uno de estos profes que le sacaba la cresta cuando era niño –es muy divertido este hueón, así que no supe si reír o llorar con su anécdota–.

Cuando estábamos más o menos en séptimo básico –creo– teníamos a un compañero que le decíamos Lito, que no era muy bullicioso, tampoco era un gran amigo que digamos, pero sí, nos llevábamos bien y hablábamos harto. En aquel año a nuestro curso lo habían puesto en una sala justo al frente de la oficina de Luchín, un inspector que para nosotros era sanguinario, temido, de mirarlo intimidaba; estábamos ahí para estar mejor vigilados, no éramos un curso fácil en cuanto a conducta, había varios condicionales por anotaciones negativas, pero mi problema era otro, las notas, no me estaba yendo muy bien que digamos. En ese escenario un día el Lito se me acerca y me cuenta un plan que tiene, jamás me dijo las motivaciones que tuvo, fue directo al grano, me dijo que se quería robar el libro de clases.

Éramos unos angelitos y los profes tenían mano de seda.

En esos tiempos no habían sistemas computacionales para gestionar nada en los colegios, todo era a manopla, las notas, las asistencias, las anotaciones, todo pasaba por el libro de clases y ahí moría, era la única base de datos existente de todo el desarrollo del curso, de todo el año, por lo tanto, robarse el libro de clases no era cualquier hueá, era una cagá de proporciones mayores la que quería hacer el Lito. ¿Por qué me contó a mí? Nunca supe, llevo años dándome vuelta con esa pregunta, yo era la persona más bien portada y pava que había en el curso, mi único problema eran las notas, especialmente matemáticas, las odiaba y me costaban –hasta el día de hoy–, pero bueno, me contó. Me dijo que también le había contado sus planes al Chicharra, así que solo nosotros tres sabríamos lo que iba a hacer. Igual fue como innecesario, lo pudo haber hecho para callado y solo, pero no.

Yo nunca hablé con el Chicharra de esto, él sabía que yo sabía, pero me hacía el hueón, él trataba de hablarme del tema después, pero me hacía el desentendido, ya que el Chicharra no era alguien de fiar para mí, y me preocupaba que él anduviera tan boca suelta conmigo, porque lo que estaba pasando no era algo para comentarlo. El plan del Lito consistía en que al día siguiente, el viernes, al salir de clases iba a pasar raudamente por la oficina de Luchín –según él lo tenía todo estudiado– y sacar el libro de clases como Pedro por su casa y llevárselo en su mochila. Así de simple, porque el temido Luchín en ese momento nunca está frente a su escritorio, se va para otro lado. ¡Y lo hizo este chuchesumadre!Yo jamás vi cómo se lo robó, jamás me di cuenta del momento en qué ocurrió, es más, para mí fue un viernes normal de salida de clases, pero sabía que era muy probable que el Lito hiciera esa jugada, además al día siguiente, el sábado, había reunión de apoderados y si el robo del libro de clases había sido un éxito me iba a enterar muy pronto. Tengo memoria de haber visto la cara del Lito ese viernes cuando estaba a punto de bajar las escaleras para irse, y su expresión me decía que sí, se había robado el libro y lo llevaba ahí calentito, pero tomé distancia.

Vale decir que no existían los teléfonos celulares, menos internet ni los computadores en las casas, el único medio de comunicación eran los teléfonos de red fija, y yo no iba a llamar a la casa del Lito, ni cagando, para que me contesten sus viejos o levantar cualquier sospecha; en aquellos tiempos uno tenía desarrollada la virtud de la paciencia. En esa espera yo pensaba que con esto se solucionarían todos mis problemas con las notas, se perdieron todas y se salvaron todos los giles condicionales por anotaciones negativas… era una cagá de proporciones catastróficas en el colegio, lo fue de hecho. ¡Y mi madre llegó de la reunión de apoderados! “¡Mario Andrés se robaron el libro de clases…!” Me dijo cuando aún ni se bajaba del auto, no se aguantó, bajó la ventana y casi lo gritaba. Todo fue confirmado, el Lito que siempre pasó piola había concretado la mayor cagá en la historia del curso y de pasada me había convertido en cómplice.

Y como tengo tan mala cuea, pero onda así mal, el profesor jefe había pasado  las notas a esas hojas de mierda que le entregan a los apoderados con los promedios y las notas parciales de sus hijos… ¡pico en el ojo! La pega la había hecho el profe ese viernes temprano antes de que el libro se hiciera humo, así que ahí estaban todas mis condenadas notas… por la mierda ¿no? Estaba siendo cómplice de la mayor cagá en la historia de mi curso –quizás del colegio– y no me iba a servir de ni una hueá, los únicos favorecidos serían los maravillas que tenían anotaciones negativas. Así que dije ese será mi discurso, cada vez que hable con alguien diré: “…estoy seguro que alguno de los condicionales por anotaciones negativas debe haber sido, son los únicos que se benefician con el robo del libro…” Y por la mierda que mantuve mi discurso bien firme.

El lunes llegando a clases Luchín iba llamando uno a uno a medida que iban dejándose caer los compañeros. Me ve y me levanta el dedo índice para que me acerque a su oficina, sin decir una palabra, hasta que me tenía sentado frente a él para el interrogatorio, que fue bastante breve por lo demás, solo me preguntó si sabía algo de lo que había pasado, yo le dije que nada, me dejó ir de inmediato, yo era un niño sin antecedentes y totalmente creíble –hasta ese momento–, así que estaba entre el grupo de los menos sospechosos, sin embargo mi gran preocupación era el Chicharra, el saco de pelotas me miraba con cara de culpable, nervios, a veces se me acercaba y me hablaba algo del robo del libro, yo obviamente me hacía el desentendido como que no sabía nada, aunque él sabía que yo sabía… ¡Chicharra culiao!

Fue una semana dura, hubo sermoneos masivos, amenazas de los inspectores al curso, se llevaban a compañeros por largas horas afuera de la sala y después volvían con cara de asustados… quizás qué técnicas usaron los inspectores y profesores para presionar a estos “pobres” niños que fuimos, la verdad no tengo idea porque la única charla que tuve con Luchín fue esa inicial y después chao, solo viví la presión conjunta… hasta que el Chicharra cantó. ¡Y quedó la media zorra! El robo del libro de clases del IRFE hubiese pasado a la historia como uno de los “grandes crímenes sin resolver” de no ser por el Chicharra, que seguramente se cagó de miedo y abrió esa enorme bocota y cantó. Caímos los tres. Quizás hay alguna parte de la historia que desconozco y el mismo Lito confesó también, nunca lo supe.

El Lito fue expulsado del colegio, el Chicharra y yo seguimos como si nada, fuimos absueltos. Nunca más volví a hablar con él después de su expulsión del colegio, eso de alguna forma nos distanció y produjo un quiebre, bastante absurdo por lo demás, al fin y al cabo lo cubrí siempre, hasta que en algún minuto por ahí el Chicharra largó la lengua a quienes nos estaban investigando y terminé siendo delatado tanto yo como el Lito, pero el que había planeado y ejecutado el robo fue él, era obvio que lo iban a expulsar, la cagá era grande.

Una semana después de las sentencias el libro había sido recuperado, el Lito lo había dejado abajo de uno de los puentes que hay en Las Toscas, así que el estado del libro era deplorable, había llovido hasta entre medio, y ahí estaba nuestro profesor jefe, sentado frente a todo el curso pasando en limpio cada vez que podía esa enorme mole de libro, todo dañado y embarrado que a penas se podía leer. Yo lo miraba y por dentro me cagaba de la risa… el tranquilito del curso en lo que pudo estar metido y vaya que aguantó hasta el final.

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Índice de capítulos

1Memorabilia
2La primera duele más
3Todo lo que es Playa
4El robo del libro de clases
5Cuando viajé 600 km buscando a una mujer que no me dio pelotas
6Cuando mandé mi carrera a la mierda por una mujer que me corneó
7Encañonado por parte baja
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