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Bitácora personal de delirios en multimedios. © Todos los derechos reservados.

De verdad me costó ser adolescente en mi época, no era fácil ser esa bola de 98 kilos de manteca negra y fea… al menos era limpio y tenía modales, sino hubiese sido el colmo, tenía algo de dignidad, poca, algo quedaba debajo de todo ese chicharrón que había sobre mí.

¡Llegó el verano! ¡Vacaciones! Había una sola mujer de mi edad que me daba pelotas, pero ni siquiera era de la ciudad, venía de vacaciones por un par de meses, Playa se llamaba –o sea obvio que no se llamaba Playa, el nombre hueón, pero pucha, le vamos a decir así–. Playa (…jajaja) era una chica delgada, pero curvilínea, rubia, natural no, bonita, bronceada, tenía parentescos políticos con un primo hermano mío, así que por ahí la conocí, la verdad es que era muy simpática, nos hicimos muy amigos, de muy buen humor y siempre estaba soportando las tallas del agua oxigenada que debía echarse en la cabeza… eso me hacía reír mucho, además que no teníamos más de 15 años, y ella ya hacía un par de veranos que venía a Santa Cruz… pero aquel sería distinto, pues un primo de Playa (…jajaja) era el flamante DJ de la única discotech del pueblo, la muy taquilla Sahara.

Eran los ’90 y en aquella época cualquier pendejo podía entrar a la disco, nadie te pedía el carnet y hasta te vendían cerveza con cero vergüenza, con absoluta normalidad en cualquier boliche. Aún recuerdo la voz de una prima –una mayor– diciendo sobre la visita del DJ y un diálogo con Playa aquella tarde: “¡…si vino especialmente a invitar a la Playa por si quería ir a la disco…!” Así con esas voces que ponen las mamás cuando están copuchando a todo lo que dan. Acto seguido Playa me invita a la disco.

“Ya Playa, estamos listos para salir a taquillar…”

Yo sé que están esperando la tragedia, qué chucha le va a pasar a este hueón, qué mierda… pero tal vez se les ha perdido un punto importante… ¡yo era un pendejo perno, guatón y feo! ¡Y una mina terriblemente rica me invitó a la disco! ¿Y cuál es el problema dirán? O sea los hueones feos, guatones y pernos me van a entender, ¡es terrible! ¡Nada puede salir bien! ¡Es el inicio de tu Apocalipsis! Y lo peor de todo es que yo no lo sabía, inocentemente, o mejor dicho, hueonamente –igual que en el capítulo anterior– caminé directo a un abismo, eso sí, esta vez un poco más largo… ¡patético como yo solo!

¡Y fuimos a la Sahara! Aún no logro entenderlo, ¿por qué a Playa le gustaba salir conmigo? Una cosa es ser amigos, de hecho yo en aquella época le enseñé a manejar en una camioneta Chevy 500 roja, la pasábamos bien, pero pudo haber ido con quién quisiera a la disco, era bonita, incluso a la edad que tenemos ahora lo sigue siendo, ¿no le daba lata? Y no solo fuimos a la Sahara ese fin de semana, sino al siguiente también, viernes y sábado… y al siguiente, y al siguiente, y al siguiente… la cagó… Yo nunca he sabido bailar, además imagínense esa guata de embarazada de mellizos que tenía moviéndose en la pista de baile ante esa delgada y curvilínea mujer, debe haber sido todo un espectáculo para la risa. Había un animador que iba con un micrófono inalámbrico por en medio de la pista viendo qué parejas bailaban mejor para darles premios, y siempre, pero siempre, se quedaba pegado mirando a Playa, sí, le ponía weno, se movía, era sexy, guapa, tenía movimiento… al frente solo había un gordo que se balanceaba un poco –yo–, de hecho el saco de pelotas del animador a mí nunca me miró, solo la miraba a ella y nos daba el premio, que eran siempre un par de cervezas… ¡para dos menores de edad! ¡jajajaja! Eran los ’90.

“Hola… ¿alguien tiene algo para comer?”

Es sumar 2 + 2, un adolescente que no lo pesca ninguna mujer de su edad, de pronto una chica guapa le da toda su atención y se transforma incluso hasta en su partner de carretes y salidas nocturnas… ¡pero ojo… son solo amigos! Es verdad, el corazón del gordito empezó a confundirse, sí, empecé a ver con otros ojos a Playa –de hacía rato ya–, pero ya venía con el portazo en la cara que me había mandado Elisa… y yo seguía bien pavo, torpe socialmente, así que en mi cabeza vivía en un mundo paralelo, en mi imaginación pasaban situaciones que en la realidad no me iba a atrever a hacer, porque jamás iba a encontrar el momento perfecto, porque no tenía la seguridad, por miedo al rechazo, al ridículo, porque me miraba al espejo y decía ¡qué hueá… mírate!

Es terrible para un pendejo vivir así, el dolor interno, tragarse celos, no darse cuenta la cara de hueón con la que andas, etcétera… Te trauma. Una noche después de verla me quedé dando vueltas por el barrio, caminando… así bien sin rumbo recorriendo la misma manzana alrededor de la casa donde se quedaba, envuelto en mis pensamientos, aquella realidad paralela que había creado de la cual no podía salir porque la verdadera era muy aterradora para mí. Me senté en una plaza justo frente a la casa de Playa, en el pasto, apoyando la espalda en un monolito, probablemente era alrededor de la medianoche o pasadas… me quedé ahí hasta mucho rato después que amaneció –menos mal que era verano–. No sé como demonios pasaron las horas, hoy ni cagando lo podría hacer, a las dos horas… ¡no! A la hora me hubiese parado y me hubiese ido, no hubiese aguantado, es increíble lo que podemos hacer cuando somos quinceañeros y estamos enamorados… bueno, no sé si eso era estar enamorado, pero había algo ocurriendo dentro de mí, y así fue como por la mañana llegué a la casa.

¡Conchesumadre! ¡La media cagá loco! –Recuerden que eran los noventa y no existían los celulares– Aún recuerdo a mi mamá en su cama, sentada, con una cara de angustia, capaz que hasta hubiese llorado antes que yo llegara, en una de esas, pero de que estaba la media cagá, lo estaba, todo porque a este maravilla se le había ocurrido quedarse afuera toda la noche. Creo que llamaron hasta a los Carabineros para que me buscaran… no creo que haya sido verdad, seguramente lo dijeron para hacerme sentir culpable.

Playa dejó de ir a Santa Cruz durante los veranos, yo dejé de verla. Nunca tuve la valentía de decirle que me gustaba. Pasaron casi diez años hasta que ella volvió un verano, yo ya estaba en la universidad y había terminado incluso con mi primera polola, ya me había pegado la despabilada, que más adelante contaré aquí cómo ocurrió. Cuando Playa volvió, yo era otra persona, estábamos grandes, ella había hecho su vida lejos, siempre supe que iba a ser así, pero la cobardía y ese trauma que me provocó Elisa y mis propias inseguridades aún me pesaban en aquella historia de mi primera adolescencia, así que la busqué y nos juntamos, a solas.

Estaba igual que siempre, recordamos como buenos amigos que fuimos tantas anécdotas de aquellos años, pero esta vez no me iba a quedar atrás, había pasado casi una década… y para qué estamos con cosas, seguía igual de rica, así que le dije que siempre me gustó, que cuando salíamos juntos yo la miraba como cordero degollado y nunca tuve el valor de decírselo, que fue siempre así… y obviamente traté de hacer la jugada maestra ahí, en ese mismo momento… ¡jajaja! ¡Portazo en la cara! Sí, ya lo veía venir, era casi obvio, pero si no lo intentaba todas esas penurias del pasado hubiesen sido en vano, así que ya daba lo mismo aquel rechazo, fue hasta liberador, un descanso, un cierre, fue un por fin podemos ser realmente amigos, porque eso fue lo que siempre fuimos, a lo que los gorditos adolescentes están condenados, y eso que a esas alturas ya había vivido la historia del patito feo.

Hoy considero a Playa una gran mujer, es una historia que simplemente ocurrió, pero todos los momentos vividos fueron de amistad, sincera, la he vuelto a ver después de todos estos relatos contados, a ella y su pareja, y vaya que sigue siendo la misma divertida amiga que siempre fue. ¡Conchesumadre ¿no?!

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Índice de capítulos

1Memorabilia
2La primera duele más
3Todo lo que es Playa
4El robo del libro de clases
5Cuando viajé 600 km buscando a una mujer que no me dio pelotas
6Cuando mandé mi carrera a la mierda por una mujer que me corneó
7Encañonado por parte baja
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