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Bitácora personal de delirios en multimedios. © Todos los derechos reservados.

A los 14 años tenía evidentemente un problema de sobrepeso, llegué hasta los 98 kilos, hoy peso 80 y mido 1.78 mts. Pero a esa edad probablemente medía mucho menos, y vaya que pesaba casi 20 kilos más que ahora, era una cosa redonda y negra sin personalidad; nunca supe tampoco como fue que mi piel se puso más blanca con los años, efecto Michael Jackson, aunque en casa me siguen llamando “negrito”, recuerdo de ese pequeño color oscuro que fui en mis años inocentes… pero bueno, a los 14 ya las hormonas empezaban a hacer su trabajo y este cabro curcuncho y redondo estaba en medio de una reunión familiar en casa de unos primos. Soy de la ciudad de Santa Cruz en la provincia de Colchagua, Chile, una comuna de alrededor de 30 mil habitantes. Y había una niña que me gustó, la verdad es que no me acuerdo de su nombre, negra no era, gorda tampoco, era de pelo largo y piel blanca, es lo único que podría decir, la voy a llamar Elisa. Yo era tan pavo que probablemente la miraba con la boca abierta con esa cara circular de pavo y una guata prominente de embarazada de mellizos –literalmente–, sí, porque hay una foto por ahí donde salgo con la esposa de un primo hermano que estaba embarazada de mellizos donde salimos con la misma enorme panza, ¡enorme! Es que la cagó, era un fenómeno, y yo lo sabía, si en mi casa habían espejos, y Elisa también lo sabía, si era difícil no darse cuenta de este niño tímido con cara de hueón y boca abierta que no sabía interactuar con las niñas –hasta esa edad aún iba en un colegio solo de hombres–.

Era todo un galán.

Creo que esa vez fue mi primera gran vergüenza, mi primera patética decepción, rechazo y portazo que me dieron en el rostro. En fin, después de aquel día me decidí a ir a la casa de esta muchacha a invitarla a salir… ¡yo nunca había hecho eso en mi vida! Estaba más nervioso que la mierda, porque la vez que estuve con ella creo que con cuea hablamos, entonces era súper raro que llegara a su casa, pero esas eran cosas que yo aún no entendía, si era ultra de pavo, no conocía los códigos, nada de nada, pensaba que por fuerza mental poco menos iba a lograr algo. Claro, ahora saco todas esas conclusiones, iba directo al abismo, pero yo… saco de pelotas, me bañé, me puse perfume, me puse mis pantalones talla especial –ultra anchos–, me puse buena pinta, dentro de lo que se podía, así bien perno, y partí a su casa. No vivía muy lejos de mí.

No recuerdo otro momento de mi adolescencia tan patético, debe ser porque fue el primero de todos, y ese siempre duele. Y llegué, pregunté por ella y salió. No recuerdo exactamente qué pasó ahí, qué demonios le dije, mi mente lo debe haber bloqueado, la invité a salir obviamente, y por supuesto no salimos, pero lo que sí recuerdo muy claro es que me dijo: “pero podemos ser amigos”. ¡Conchesumadre! Esa maldita frase culiá que de seguro ha perseguido a millones de personas me la lanzaron a la cara sin que yo siquiera haya propuesto nada romántico; ella lo había entendido a la perfección, me cachó desde el momento que toqué su puerta, seguro. ¡Nunca más volví y nunca más la he vuelto a ver! Tengo 35 años y no tengo idea de qué será de Elisa.

Ahí comenzó mi hundimiento, me empecé a ir a la mierda.

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Índice de capítulos

1Memorabilia
2La primera duele más
3Todo lo que es Playa
4El robo del libro de clases
5Cuando viajé 600 km buscando a una mujer que no me dio pelotas
6Cuando mandé mi carrera a la mierda por una mujer que me corneó
7Encañonado por parte baja
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